jueves, 7 de julio de 2022

Casa 23 - Lectura: Adriana Sicilia

 




veintitrés

A mi hermano

Pic picpic picpicpic mi hermano detrás de la puerta con el código morse y yo con los guoquitoqui salidos de la caja naranja, uno de los dos en el baño y el otro del otro lado intentando pic picpic punto y raya, intentábamos idiomas, formas de comunicar, como la vez del pizarrón y yo era la maestra, cada letra valía un número según su orden en el abecedario (algunos le dicen alfabeto). En el guoquitoqui había una listita con instrucciones, cómo se hacía cada letra, pero de ahí a interpretar lo que el otro quería decir con el botoncito… ay… pic picpicpic qué difícil era, una vez entendí la “a”, me acuerdo como si fuera hoy… ¿sabés lo que fue entender la “a”? Una fiesta de los sentidos, porque el oído atento, la vista pegada a la listita con el código, las manos, el perfume del alfabeto. Fue en la casa de las puertas, todo esto sucedió en la casa de las puertas, él y yo cambiando los lugares, un rato el baño, la pieza de mamá, la ilusión de pieza de nosotros, nunca nos alejamos demasiado, por qué sería, porque con el guoquitoqui podríamos haber intentado cierta lejanía, la terraza por ejemplo, o el patio, el pasillo al menos, pero no, jamás él y yo intentaríamos una lejanía, que para comunicarse y practicar picpic es mejor bien cerquita.

sábado, 2 de julio de 2022

Casa 16 ~ Lectura: Romina Gil

 







dieciséis

Yo no quería ir a la casa de Berta. Ella era así como muy teñida, muy rubia de mentira. Yo no era de fijarme tanto en esas cosas, pero Berta… cuando íbamos nos servía gelatina de frutilla en vasos de whisky y le agregaba un copo de crema, nos decía mezclalo mezclalo todo vas a ver qué rico y mi hermano le hacía caso, mezclaba todo y se lo comía. Yo también mezclaba pero un poco, y levantaba el vaso para ver los colores que se formaban, entonces, a través de la parte de arriba del vaso, la miraba a Berta tan nosequé, con esas blusas y esos pantalones, tan feo una mujer taxista habrá dicho la tía, o no, tachera habrá dicho y seguro el tío se habrá reído cómplice, haciéndole un guiño a papá, pero nosotros, qué horror, esas tardes de gelatina en la casa de Berta, el taxi en la puerta, lo mirábamos desde el balcón, habremos ido dos, tres veces, para ver alcanzaba con asomarse, el balcón o el vaso de whisky era lo mismo, desde el balcón se veía el mundo de Berta, desde el vaso se la veía a Berta riéndose llena de dientes grandes y mirándolo a papá, y ahora sí, le recuerdo hasta el olor, y las ondas de mentira rubia alrededor de la cara como de plástico gastado, viste no, el plástico gastado, hasta que se hacía la hora de volver a casa y ya en el rastrojero de papá el aire era distinto, como de pasaje o de túnel, mirar por el parabrisas de atrás y la mano de Berta agitando ese aire suyo, lleno de perfumes, de voces fuertes, de colores mezclados.

Casa 7 ~ Lectura: Cecilia Bajour


 




siete


“Si no escucha/ podrá entender qué dicen /las muñecas:
Te quiero mucho, / tengo sueño.”
Susana Villalba

La casa de la calle Portugal tenía patio y terraza para jugar con agua y tachos, batir detergente y hacer merengue, darles de comer a muñecas desteñidas, sudar bajo un limonero lleno, armar guerras de quinotos con los vecinos ricos (no te olvides, los vecinos ricos tenían el padre en silla de ruedas, tenían el padre). 
Y está aquella tarde y estoy yo, volviendo de la escuela, estoy yo que encuentro en una esquina una montaña de cosas abandonadas, una pila de basura y trastos viejos y juguetes arruinados, estoy yo y rescato de la pila un burro de plástico duro tamaño chihuahua, Platero claro, vuelvo a casa a bañarlo en el tacho del merengue, le pongo una cinta falletina roja, corto en las puntas de la cinta dos picos, peino sus crines tiesas de plástico, lo acaricio y pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera, ellas un poco enojadas pero al final me dejan quedármelo, una vez bañado y blanco, que no lleva huesos, ay Platero Platerito si pudieras oírme y conocer cada uno de mis sueños, mis plegarias blancas como tu piel de mentira, si pudieras Platerito, te quiero tanto, acuname que no vuelvo más, y la radio gritando el noticiero, el tío que llega y le enseña a mi hermano a atajar, Platerito, solamente vos podés entender esta soledad que no se nombra, solo vos y tus ojos incoloros, solo vos y tus cascos redondeados Platerito tieso, mi muy tieso bebé, mi inolvidable.

Casa 26 ~ Lectura: Ángeles Calatayud


 





veintiséis


El fondo de la casa de Claudine tenía una pileta de material. Había sido pileta de bañarnos en verano pero no duró para siempre. Un verano se transformó en pileta para criar nutrias. Nosotras dejamos de bañarnos ahí y solo desfilábamos alrededor como modelos.
Las nutrias, tan peinadas, inocentes, brillantes, como de aceite. Deslizándose por su destino angosto y largo. Anatolio caminando alrededor del estanque y mirándolas escurrirse, frotarse, chocar contra las paredes del estanque, y el jardín de piedras sembradas como al descuido, la mano ahí de Marilú, tan linda con su voz cascada, su peinado tan sixty, Claudine haciendo bromas que yo no entendía, bromas entre ellos, de familia, ¿entendés?, de familia que entiende de qué se están riendo, al rato sacaban el baúl de los disfraces y a mí nunca me tocaba el de bailarina rusa, Claudine no lo prestaba, me daba alguna sobra, un trapito lindo que ella no usaba, y yo me lo ponía y jugaba a desfilar, una vez llamó en secreto a Marilú para que me viese, y toda mi vergüenza desfilando entre las nutrias, y por qué yo no puedo escurrirme ahí con ellas, con esos ojos enormes, ojos de mirar mojado, mi vergüenza porque esa familia me miraba, Marilú con su cigarrillo larguísimo, Anatolio con la barba espesa, Claudine con la risa que era de ellos, y los ojos de todos enormes, no sé por qué ahora los recuerdo, los ojos enormes de todos, ahora que todos están muertos, Marilú, Claudine, Anatolio y las nutrias. 

Casa 1 ~ Lectura: Lila Ferro




 




uno


A Antonio Scuderi

Cuando había humedad, diminutos caracoles aparecían en los costados del pasillo, siempre blanqueado a la cal. Nosotros los tomábamos con las puntas de los dedos y los cambiábamos de lugar; no sé si lo hacíamos para comprobar su adherencia o solamente para fastidiarlos a ellos, pobres, tan pequeños.
Nos gustaba ver las marcas finitas que dejaban en lo blanco. A veces los caracoles no estaban y solamente encontrábamos los hilos plateados. Los seguíamos con la vista y al final siempre perdíamos la huella, se confundía en alguna grieta o desaparecía detrás de unas ramas. En esos momentos, aunque no lo decíamos (nunca lo decíamos), teníamos ganas de ser más chiquitos, como los caracoles, y buscarlos, buscarlos. Algo debe haber detrás de todo lo escondido.
Pero ahora pienso en estas cosas mientras hablo con mi amigo sobre Apollinaire, “finalmente estás cansado de este mundo antiguo / Esta mañana vi una linda calle cuyo nombre he olvidado” y pensé: jamás olvidaría tu nombre, jamás tu número sagrado. Y volví, como quien vuelve de una larga lucha, a pensar en los caracoles y en la historia y en las miradas de los parientes y en cómo fue que empezó todo esto de las casas.

Casa 5 ~ Lectura: Gisela Cairo


 




cinco


En el fondo, detrás de la casa grande y el patio, después del galpón sin terminar donde se agolpaban tejas, dos carretillas (ah, volver a la carretilla, no te olvides), lavarropas muertos, pilas de escombro, atrás, más atrás, estaban las otras dos casitas. 
En una no sé quién vivía. En la otra, vivíamos nosotros. Yo no me acuerdo, pero pucha que mamá sí. Papá ahora vive ahí, mirá vos.
Hay fotos. En una, yo estoy en una cuna con un muñeco, una especie de gato grande, muy feo. Yo estoy llorando, seguro por el gato, me río ahora y la acuso a mi mamá de haberme metido en la cuna con ese gato horrible, pesadilla de gato. 
En otra foto, estoy con un perro, pero de verdad: yo estoy en un rincón, encogida y con cara de susto; el perro en el otro extremo de la cuna lo más campante. Es terrible verme en esa foto, el terror es blanco, es negro, manitos demasiado pequeñas para crisparse así, de esa manera, ves, el perro lo más campante, haciendo lo suyo, lamiendo una pata, una sabanita, yo con el miedo blanco, el miedo negro agolpado en la cabeza, sobre todo en el pelo, es cierto que si tenés miedo se te paran los pelos, si no mirá, ves, en la foto hay un revuelo de pelos, para qué quedarse quietos, por qué no lo habrán puesto en una cuna de perritos, por qué mi cuna, eh, sabrá dios qué estarían pensando al meter el miedo así en mi cuna, salve la inocencia de mis pelos, serene el movimiento de las manos que buscan hacia atrás, siempre, donde rincones sin perros ni pelos ni susto ni gigantes con cámara de fotos.

Casa 11 ~ Lectura: Euge Miqueo

 








once
No podría volver a trepar esa medianera y silbarte, amigo mío, no podría rescatar los juguetes que tirábamos al baldío, los juguetes que nunca volvían porque vecinos malos sin hijos, solo terreno y casa de grandes, qué cosa que nunca volvieran los juguetes, siempre eran pelotas o partes de muñeca o ruedas de auto, del tractor de mi hermano, siempre eran cosas que volaban, que podían volar digo, porque alguno de nosotros las tomaba y se impulsaba hacia atrás con el brazo bien abierto y arrojaba las cosas, los juguetes, tal vez quisieran escapar de ahí, tal vez era por eso que los juguetes nunca volvían al patio de nosotros. Lo cierto es que yo no podría volver a trepar ni a silbarte, ni a quedarme sola debajo del manzano bichado, el manzanito de donde no se podía comer fruta y la fruta ahí, tan oronda, pero no se podía, qué cosa que no se pudiera comer nunca de esa fruta, nada menos que manzanas, ahora que lo pienso nunca vi una manzana caída en el patio, tal vez mamá las juntara apenas caían para que no las comiéramos, o mejor así, mirá: las manzanas iban a parar al baldío junto con los juguetes, las frutas tampoco volvían, estaban con los autos, las partes de camión, de bailarina, en un terreno hostil con dueños sin cara, que para eso y nada más están las medianeras.


Casa 23 - Lectura: Adriana Sicilia

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