sábado, 2 de julio de 2022

Casa 26 ~ Lectura: Ángeles Calatayud


 





veintiséis


El fondo de la casa de Claudine tenía una pileta de material. Había sido pileta de bañarnos en verano pero no duró para siempre. Un verano se transformó en pileta para criar nutrias. Nosotras dejamos de bañarnos ahí y solo desfilábamos alrededor como modelos.
Las nutrias, tan peinadas, inocentes, brillantes, como de aceite. Deslizándose por su destino angosto y largo. Anatolio caminando alrededor del estanque y mirándolas escurrirse, frotarse, chocar contra las paredes del estanque, y el jardín de piedras sembradas como al descuido, la mano ahí de Marilú, tan linda con su voz cascada, su peinado tan sixty, Claudine haciendo bromas que yo no entendía, bromas entre ellos, de familia, ¿entendés?, de familia que entiende de qué se están riendo, al rato sacaban el baúl de los disfraces y a mí nunca me tocaba el de bailarina rusa, Claudine no lo prestaba, me daba alguna sobra, un trapito lindo que ella no usaba, y yo me lo ponía y jugaba a desfilar, una vez llamó en secreto a Marilú para que me viese, y toda mi vergüenza desfilando entre las nutrias, y por qué yo no puedo escurrirme ahí con ellas, con esos ojos enormes, ojos de mirar mojado, mi vergüenza porque esa familia me miraba, Marilú con su cigarrillo larguísimo, Anatolio con la barba espesa, Claudine con la risa que era de ellos, y los ojos de todos enormes, no sé por qué ahora los recuerdo, los ojos enormes de todos, ahora que todos están muertos, Marilú, Claudine, Anatolio y las nutrias. 

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