cinco
En el fondo, detrás de la casa grande y el patio, después del galpón sin terminar donde se agolpaban tejas, dos carretillas (ah, volver a la carretilla, no te olvides), lavarropas muertos, pilas de escombro, atrás, más atrás, estaban las otras dos casitas.
En una no sé quién vivía. En la otra, vivíamos nosotros. Yo no me acuerdo, pero pucha que mamá sí. Papá ahora vive ahí, mirá vos.
Hay fotos. En una, yo estoy en una cuna con un muñeco, una especie de gato grande, muy feo. Yo estoy llorando, seguro por el gato, me río ahora y la acuso a mi mamá de haberme metido en la cuna con ese gato horrible, pesadilla de gato.
En otra foto, estoy con un perro, pero de verdad: yo estoy en un rincón, encogida y con cara de susto; el perro en el otro extremo de la cuna lo más campante. Es terrible verme en esa foto, el terror es blanco, es negro, manitos demasiado pequeñas para crisparse así, de esa manera, ves, el perro lo más campante, haciendo lo suyo, lamiendo una pata, una sabanita, yo con el miedo blanco, el miedo negro agolpado en la cabeza, sobre todo en el pelo, es cierto que si tenés miedo se te paran los pelos, si no mirá, ves, en la foto hay un revuelo de pelos, para qué quedarse quietos, por qué no lo habrán puesto en una cuna de perritos, por qué mi cuna, eh, sabrá dios qué estarían pensando al meter el miedo así en mi cuna, salve la inocencia de mis pelos, serene el movimiento de las manos que buscan hacia atrás, siempre, donde rincones sin perros ni pelos ni susto ni gigantes con cámara de fotos.

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