uno
A Antonio Scuderi
Cuando había humedad, diminutos caracoles aparecían en los costados del pasillo, siempre blanqueado a la cal. Nosotros los tomábamos con las puntas de los dedos y los cambiábamos de lugar; no sé si lo hacíamos para comprobar su adherencia o solamente para fastidiarlos a ellos, pobres, tan pequeños.
Nos gustaba ver las marcas finitas que dejaban en lo blanco. A veces los caracoles no estaban y solamente encontrábamos los hilos plateados. Los seguíamos con la vista y al final siempre perdíamos la huella, se confundía en alguna grieta o desaparecía detrás de unas ramas. En esos momentos, aunque no lo decíamos (nunca lo decíamos), teníamos ganas de ser más chiquitos, como los caracoles, y buscarlos, buscarlos. Algo debe haber detrás de todo lo escondido.
Pero ahora pienso en estas cosas mientras hablo con mi amigo sobre Apollinaire, “finalmente estás cansado de este mundo antiguo / Esta mañana vi una linda calle cuyo nombre he olvidado” y pensé: jamás olvidaría tu nombre, jamás tu número sagrado. Y volví, como quien vuelve de una larga lucha, a pensar en los caracoles y en la historia y en las miradas de los parientes y en cómo fue que empezó todo esto de las casas.

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