sábado, 2 de julio de 2022

Casa 16 ~ Lectura: Romina Gil

 







dieciséis

Yo no quería ir a la casa de Berta. Ella era así como muy teñida, muy rubia de mentira. Yo no era de fijarme tanto en esas cosas, pero Berta… cuando íbamos nos servía gelatina de frutilla en vasos de whisky y le agregaba un copo de crema, nos decía mezclalo mezclalo todo vas a ver qué rico y mi hermano le hacía caso, mezclaba todo y se lo comía. Yo también mezclaba pero un poco, y levantaba el vaso para ver los colores que se formaban, entonces, a través de la parte de arriba del vaso, la miraba a Berta tan nosequé, con esas blusas y esos pantalones, tan feo una mujer taxista habrá dicho la tía, o no, tachera habrá dicho y seguro el tío se habrá reído cómplice, haciéndole un guiño a papá, pero nosotros, qué horror, esas tardes de gelatina en la casa de Berta, el taxi en la puerta, lo mirábamos desde el balcón, habremos ido dos, tres veces, para ver alcanzaba con asomarse, el balcón o el vaso de whisky era lo mismo, desde el balcón se veía el mundo de Berta, desde el vaso se la veía a Berta riéndose llena de dientes grandes y mirándolo a papá, y ahora sí, le recuerdo hasta el olor, y las ondas de mentira rubia alrededor de la cara como de plástico gastado, viste no, el plástico gastado, hasta que se hacía la hora de volver a casa y ya en el rastrojero de papá el aire era distinto, como de pasaje o de túnel, mirar por el parabrisas de atrás y la mano de Berta agitando ese aire suyo, lleno de perfumes, de voces fuertes, de colores mezclados.

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